Hay una foto que me gusta especialmente. Estoy en un patio, con una chaqueta roja, el pelo un poco despeinado y esa expresión que tengo cuando estoy pensando en algo y alguien me saca una foto sin avisar.
Lo curioso es que recuerdo perfectamente aquel día.
Había decidido pasar unos días sola. No porque estuviera triste, ni porque hubiera sucedido nada extraordinario. Simplemente llevaba demasiado tiempo organizando mi vida alrededor de los horarios, los compromisos y las necesidades de los demás.
Y tenía ganas de hacer algo por mí.
La chaqueta roja la había comprado unas semanas antes. La vi en Arena Formentera y me gustó inmediatamente, aunque estuve a punto de elegir la negra. Siempre me pasa lo mismo: me atraen los colores y termino comprando algo discreto.
Esta vez no.
La llevé en la maleta casi por casualidad. Pensé que me vendría bien para las tardes, cuando refrescara un poco.
Aquella mañana salí a caminar sin ningún plan. Desayuné tarde, entré en un par de tiendas, me senté a tomar un café y terminé conversando con una mujer que viajaba sola desde hacía años.
Me contó algunos de sus viajes. Yo le conté por qué estaba allí.
En algún momento me dijo algo que se me quedó grabado:
«No hace falta esperar a que alguien quiera acompañarte para hacer las cosas que te gustan».
Parece una frase sencilla, pero necesitaba escucharla.
Antes de despedirnos, le pedí que me sacara una fotografía. Me apoyé junto a la pared blanca de aquel patio y sonreí.
Es la foto que os envío.
Desde entonces he vuelto a ponerme esa chaqueta muchas veces. Para ir a trabajar, para salir a cenar, incluso para hacer la compra un sábado cualquiera.
Pero cada vez que la saco del armario me acuerdo de aquel viaje, de aquella conversación y de lo bien que me sentó dedicarme unos días.
No creo que la ropa tenga poderes especiales. Pero sí creo que algunas prendas terminan guardando recuerdos.
Y esta, para mí, siempre será la chaqueta de aquel pequeño viaje que tanto necesitaba.

